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Archive for the ‘Relatos’ Category

Se encontraba sentado en la terraza de una lujosa casa contemplando el atardecer, con una copa de coñac en su mano izquierda. Era un hombre joven y cuya vestimenta delataba su gran poder adquisitivo. Unas grandes gafas de sol ocultaban sus oscuros ojos. Otro hombre de aspecto similar, aunque de mayor edad, salió de la casa con dos puros habanos en la ma-no. Le ofreció uno al primer hombre y tomó asiento.
—Entonces, ¿deseas poseerlo? —preguntó el primer hombre, aun mirando el horizonte.
— ¿Por qué he de fiarme de ti? —cuestionó el segundo hombre. El primero se levantó de una manera muy brusca y se colocó frente al otro, con un gesto duro, fácil de percibir a pesar de sus gafas. — ¿Acaso no conoces a mi familia? ¿El apellido Valfierno no te dice nada?
—Tranquilízate Eduardo—dijo el segundo hombre serenamente—. Tu padre era un hombre de palabra. Por lo que nos unía, confiare en ti. ¿Cuándo estará listo? —preguntó.
—En una semana volveré, ten listo el dinero—dijo Eduardo mientras apuraba su coñac. Acto seguido, se despidió del hombre y abandonó la casa, sonriendo.
Una semana mas tarde, tal y como había vaticinado, Eduardo se encontraba en la misma terraza portando una caja de madera no muy grande.
— ¡Salió en todos los periódicos! —exclamó el dueño de la casa— ¿Lo tienes contigo?
Eduardo asintió con la cabeza y sacó lo que contenía la caja. Los dos observaron muy aten-tos el cuadro de La Gioconda. — ¿Tienes el dinero? —preguntó Eduardo. El otro hombre asintió y puso sobre la mesa un maletín, que trató como si no tuviese valor, aún ensimisma-do con la belleza de la pintura de Da Vinci. Eduardo contó el dinero y le entregó el cuadro.
—Un placer hacer negocios contigo—dijo Eduardo—. Si me disculpas, tengo prisa.
El hombre salió de su ensimismamiento y le preguntó: “¿Cómo lo conseguiste?”.
—Eso amigo mío, me temo que no puedo decírtelo—le contestó. Y sin más abandonó la casa con el maletín en sus manos y una sonrisa en su boca. Mientras abandonaba el lugar rememoró en su cabeza como había conseguido el cuadro: Una semana atrás había viajado a París y había visitado a un pintor francés bastante bueno, aunque poco conocido, Yves Chaudron. Al igual que con el otro hombre, su padre había tenido una buena relación con el artista, por lo que este le recibió de buen gusto:
—Necesito seis exactamente iguales—le dijo Eduardo al pintor.
— ¿Para que las quieres? —preguntó Yves.
—A mi padre le hacía mucha ilusión—repuso el hombre—. Además te pagare bien.
El artista aceptó el encargo sin más preguntas. Eduardo había usado por segunda vez a su padre como pretexto para conseguir lo que deseaba. Su padre había sido muy respetado, pero él carecía de ese reconocimiento, lo que le hacía sentirse muy frustrado. Pero estaba decidido a cambiar aquel hecho. Tras abandonar el estudio del pintor, Eduardo se dirigió a casa de un hombre llamado Vicenzio Perugia. Era un carpintero humilde, que trabajaba arreglando los marcos de los cuadros del Louvre. El artesano le abrió las puertas de su casa y lo atendió amablemente.
—Solo tendrás que cogerlo, como si fueras a arreglarlo, y con lo que yo te pague no tendrás que volver a trabajar para alimentar a tu familia—argumentó Eduardo.
Vicenzio no parecía muy convencido, pero al final aceptó el trato con Eduardo.
—Aquí tienes un adelanto de lo que te daré cuando me entregues el cuadro—dijo Eduardo mientras le daba un fajo de billetes, mas de los que Perugia había visto juntos en su vida. Su rostro mostró un gesto, aunque tímido, decidido.
Al día siguiente, Vicenzio se dirigió al museo dispuesto a apoderarse del cuadro, pero a medida que se acercaba se sentía un poco menos valiente. Al entrar en el edificio saludo a algunos compañeros. Con cada saludo, la angustia crecía en su interior. Una vez frente al cuadro, cada pequeño ruido percibido, le parecía el preámbulo de su desenmascaramiento. Pero no fue así, cogió el cuadro y lo envolvió en unos trapos. Salió lo más rápido que pudo con la pintura bajo el brazo. Estaba a punto de llegar a la puerta cuando alguien lo llamó:
— ¿Qué llevas ahí?—preguntó el guarda de seguridad. Vicenzio tragó saliva, y aunque por dentro sentía pánico, intentando parecer calmado respondió: —Un cuadro—el gesto del guarda cambió. —Perdona no te había reconocido, Vicenzio—y sin mas lo dejó marchar.
El hombre aguardo dos días la llegada de Eduardo y el dinero, pero esto nunca se produjo. No tuvo mas remedio que huir portando consigo el cuadro de Da Vinci.
Eduardo, por su parte, recogió las falsificaciones hechas por Yves y se las vendió a seis personajes muy adinerados, como verdaderas. Que no cogieran a Vicenzio ayudó bastante a su causa.
Había conseguido demostrarse a sí mismo que era mas listo que aquellos que lo condena-ban por no ser tan respetado como su padre. Ahora estaba por encima de ese status, había conseguido llevar a cabo el crimen perfecto pero a su vez no había cometido ningún delito. Se sentía totalmente realizado. Dos años más tarde, sentado en una gran terraza, esta de su propiedad, aunque muy similar a la del tipo a quien le vendió una falsificación, leyó una noticia en la que se relataba la detención de Vicenzio Perugia por el robo de la Gioconda. Cuando acabó de leer, una gran sonrisa se dibujó en su cara, pues su obra maestra había concluido.

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What is robbed?

Esta es la historia del robo de algo esencial en el día a día de toda persona. Sin ello nada tendría sentido, o mejor dicho, con ella esta historia carecería de sentido. Los dos protagonistas de esta historia son el inspector de policía Tinoco y el oficial Peláez. Los dos se encontraban en la escena del crimen. Estaban en la biblioteca, donde algo había pasado. Así había avisado el bibliotecario a la policía.

—Es algo bastante extraño, pero lo noto en el ambiente—dijo el encargado—. Se han llevado algo. Todo estaba ayer en el sitio correspondiente, pero hoy algo falta. Han robado, estoy convencido de ello.

Con estos datos, los dos policías más sagaces se dirigieron a investigar el caso. La escena ciertamente, era caótica. Varias estanterías estaban derribadas y casi todos los libros estaban tirados por la estancia. Estaba claro, algo se habían llevado. ¿Pero cómo adivinarlo?

—No podemos mirar todos los libros, nos llevaría varias semanas—dijo Peláez.

—Tienes razón—replicó Tinoco—. Pero debemos adivinar el nombre y el motivo, para facilitar la investigación. Indaga si tenían algo de valor económico elevado—. El inspector Peláez asintió y se dirigió a hablar con el bibliotecario. Tinoco miró con atención los libros. Miró dos atentamente: “El colgante” y “El reino elemental” se llamaban. Se agachó y los recogió. Ojeó las páginas de los mismos. Con el primero no notó nada raro, pero al examinar el otro, se percató de algo importantísimo. Había espacios en blanco donde no debería haberlos. Tras comprenderlo todo, sonrió satisfecho. Peláez volvía de hablar con el bibliotecario y parecía bastante insatisfecho.

—No tenemos nada—dijo el oficial.

—Ya no nos hace falta—replicó Tinoco—. He descifrado el misterio.

Peláez se mostró escéptico. Tinoco le dio los libros y le aconsejó ojearlos, tal y como él había hecho. Pero Peláez no advirtió nada extraño.

— ¿Podrías compartir el hallazgo conmigo? —le pidió a Tinoco.

— ¿No te has percatado de ello? —le interrogó—. Desde el principio de esta historia falta algo. No lo hemos mencionado y tampoco lo hemos visto en los libros. Es algo empleado por todas las personas día a día. Pero no se ha empleado en este relato, y si lees la historia otra vez, a lo mejor te percatas de ello.

—Dímelo, por favor—imploró Peláez.

—Está bien—aceptó Tinoco—. El elemento robado por el ladrón es la letra “u”.

— ¡Increíble! —exclamó Peláez.

—Pero no te apenes, a partir de este momento podremos emplearla otra vez. El problema se ha solventado.

Y los dos abandonaron la biblioteca, teniendo la capacidad para emplear esa letra otra vez.

 

Esta historia hablaba de lo esencial de ese elemento, pero a lo mejor no lo es tanto, si no se ha precisado de ella para confeccionar el relato…

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